Miraba hacia todas partes, tratando de buscar alguna señalización, algún indicio que pusiera a la mezquita cerca de sus ojos. Inquieta, mantuvo el mapa en su mano y se acercó a un tímido joven que le sonreía desde una esquina. Claudia le hizo una reverencia, en señal de saludo y cortesía, y con un perfecto inglés, preguntó al comerciante acerca de Ibn Tulun y su localización. Tras tener dificultades de comprensión, el chico recorrió a un amigo que dominaba mejor el idioma. Estaba cerca de su objetivo, a unos 500 metros hacía el este. El hombre le advirtió del riesgo que corría una mujer como ella, al visitar sola un lugar majestuoso como aquel pero al mismo tiempo traicionero. Le aconsejó que si podía ser que esperara y estuviera cerca de algún grupo de turistas, que por aquellas horas suelen ser visitantes asiduos. Pero allí se aventuró ella, no quería perder el tiempo pensando en lo que podía o no pasar. Por fin después de sortear a multitud de personas entre calles estrechas, logró llegar a la mezquita. Le sorprendió la sensación de soledad, de silencio sepulcral que allí habitaba. Era media mañana y no había ni un alma en su patio interior. Sorprendida y golpeada por el duro calor, se refugió entre las sombras de la estructura.

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