lunes, 12 de mayo de 2014

Quizás debía aislarse un poco de las emociones, hacerse a la idea de que pese a que mantenía ese sentir, esa conexión, podía pasar que no le volviera a ver. Logró centrarse, sus ojos ya procesaban lo que acontecía. La ciudad llena de vida, llena de ruido y de calor. Se entrelazaban en sus calles, toques modernos junto a pasos que te llevaban a siglos pasados. Quería mezclarse entre su cultura, a sabiendas que no pasaría desapercibida, ya sólo su tono de piel hacía que fuera llamativa a ojos de los habitantes, además de su belleza. Amablemente dió las gracias al conductor antes de bajarse del automóvil, ofreciendo algo de propina, el señor efusivamente agradecía el gesto, con reverencia incluída. Tras pisar la calle notó esa extraña mezcla de sensaciones, hasta los olores le parecían tener unos matices diferentes. Abrumada, el bullicio de la calle, le producía miedo, intranquilidad. La gente se amontonaba en cualquier rincón, cualquier esquina. Por fin decidida y acompañada de un pequeño mapa, deambulaba por sus calles estrechas y sus comercios, a cada cuál de ellos más peculiar, todos intentando captar su atención, en busca del famoso regateo y de una venta segura. En su mapa había un destino marcado por ella con mucha atención y que marcaría su destino. Ibn Tulun.

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