Claudia se sentía destrozada, confusa y desorientada. Tumbada en la cama observando la lujosa lámpara del techo, no entendía como le había podido pasar eso a ella y si quizás todo fuera fruto de un engaño con tal de hacerla daño o destruirla como persona. Después de todo, llegaba a un país desconocido para ella y no conocía demasiada información de la labor que desempeñaría allí, pero se consideraba valiente y arriesgada y quiso probar fortuna. Fortuna que en ese momento, pensó, la había esquivado. Tras múltiples intentos, consiguió sacar fuerzas para levantarse. Se acercó al baño, se aclaró el rostro y se limpió bien los rastros dejados por sus lágrimas de impotencia. Mirando en su armario buscó alguna prenda más cómoda que suplantara a aquel hermoso vestido negro. Pensativa en tomar una decisión sobre que realizar el resto del día, rastreaba cada detalle de la habitación, como si quisiera plasmar en su mirada y su sentir cada milímetro de aquel lugar. Entonces tras acomodarse cerca de la mesa de noche, abrió uno de sus cajones e iba a tropezarse con una nota inesperada. Decía lo siguiente.
“ Querida Claudia, lamento el daño que te haya podido causar. Inesperadamente
la empresa me ha mandado a realizar una labor a las afueras de la ciudad e
inexorablemente me he visto forzado a faltar a nuestro compromiso. Apalabré
con el recepcionista que cualquier cosa que sea de tu necesidad, por muy
extravagante que sea, sea satisfecha. Es lo menos que puedo hacer por las molestias
provocadas.
Un saludo afectuoso, Ravic ”
No podía salir de su perplejidad. Aunque una parte se sentía feliz y tranquila por el detalle que tuvo con ella. Lo que aún no le inspiraba confianza era descubrir quien era ese hombre y que es lo que quieren de ella en El Cairo, y cómo y cuando había logrado aquella nota llegar allí. No le quedaba otra opción, que relajarse y aguardar acontecimientos.
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